CUENTO DEL CAMINO RECTO

CUENTO DEL CAMINO RECTO

Por dónde andará metido este muchacho. Es un caso perdido, nunca está cuando se le necesita, siempre distraído con sus cosas. Lo malo es que no sé ni cuáles son sus cosas, esas que le tienen tan sorbido el seso que le impiden convertirse en un hombre de provecho. Quizás sea todo muy sencillo y triste de reconocer: a lo mejor es que mi hijo es un vago, además de tonto de remate.

Vamos a comprobarlo de una vez por todas, voy a enviarle a casa del herrero, que está sólo a dos kilómetros yendo por un camino ancho, recto y bien asfaltado. Ese camino lo ha hecho muchas veces acompañándome a mí cuando hemos ido a recoger herraduras y otros encargos para el tractor y los aparejos del campo. A ver si es capaz él solo de ir y volver en una hora sin perderse, media de ida y otra media hora de vuelta; le sobra tiempo para estar de regreso a la hora de la comida con los herrajes que tengo encargados.

-Hijo, ¡hijo mío! Date prisa que tu padre te necesita, ya eres casi un hombre y tienes que hacer un recado urgente.

Pero por qué no me contesta este muchacho, será que además de vago y tonto también es un poco sordo. ¡Ah! ahora lo veo, está allá fuera, encaramado en su dichoso algarrobo, escondido como cuando era pequeño pero ya no es un crío, así que esto de seguir jugando al escondite a sus dieciséis años bien cumplidos se va a acabar, tiene que empezar a trabajar ya como un verdadero hombre.

Estoy viendo a mi padre venir hacia aquí, seguro que querrá hacerme una de sus pruebecitas de inteligencia y hombría. Voy a guardar el cuaderno, pues si me lo pilla ya lo estoy oyendo decir que basta de tonterías y que es hora de dejarme de niñerías y que ha llegado el momento de enderezarme por el camino recto para convertirme en un hombre de provecho.

– ¿Qué haces vagueando subido ahí? No necesitamos un espantapájaros ni un pajarero, la siembra de la cebada la haremos la próxima semana, si es que el señorito se decide a echar una mano. Así que baja ahora mismo porque tienes que ir al Taller de Vulcano.

– Ya voy raudo como el viento.

– Pero qué estupidez es esa de raudo como el viento. Tienes una hora para alargarte hasta Ca Vulcano y volver con la pieza de recambio que le encargué para el tractor.

– Apártate que voy de vuelo, en una hora estoy de vuelta con tu recambio.

El muchacho baja con una cabriola inverosímil y emprende la marcha hacia el taller. Cuando ya ha caminado un kilómetro, se da cuenta que no lleva su cuaderno. Se habrá quedado enganchado en alguna rama, esperemos que no lo vea el viejo    -piensa- bueno, si lo lee a lo mejor se entera de una vez de que no soy tan tonto como él cree.

Mi padre en el fondo es buena gente, aunque algo simplón, rígido, y demasiado recto. A su edad y todavía no ha descubierto el misterio y embeleso que provocan las curvas. Si hubiera tenido la suerte de asistir a las clases de la Señorita Dafne sabría que todo es pura redondez, por ejemplo nuestro planeta mismo es una esfera que se mueve y gira sobre sí misma y alrededor del Sol en una órbita…¡preciosa! como los movimientos de la Señorita Dafne entre los pupitres de sus embelesados discípulos. Sí, la Señorita Dafne tenía mucha razón cuando decía: ‘la línea recta es mentira, una impostura de la razón, contraria a las Leyes Naturales, una ilusión óptica de las mentes estrechas’.  Pero, bueno, la mente estrecha y recta de mi padre no puede comprender esto; tiene muchos años pero su cabeza se quedó en aquello de  que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. ¿Siempre?

El padre volvió a dejar el cuaderno de su hijo entre las ramas del algarrobo y pensó en regresar a su casa… ¡dando un rodeo! De repente le habían entrado ganas de conocer un poco mejor los alrededores y perderse un rato entre viejos algarrobos de tronco sinuoso, arbustos, hilos de seda, flores, y hasta esféricas y peligrosas colmenas que guardaban en sus celdillas la miel más dulce.

Cuando el sol ya estaba declinando tras las colinas, el hombre entraba eufórico en su casa, besó inopinadamente a su mujer agarrándola por la cintura, mientras el muchacho miraba atónito la escena. Empezaron a cenar en animada charla.

Carlos Buendía

 

 

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