ENCUENTRO CON EL ALMA DE EDITH SÖDERGRAN

ENCUENTRO CON EL ALMA DE EDITH SÖDERGRAN

Cuando Edith Södergran (1892-1923) tenía apenas dieciséis años, su padre murió de tuberculosis y ella la contrajo. Así, marcada por la enfermedad, se trasladó al hospital de Davos, en Suiza, el mismo lugar donde Thomas Mann había situado La montaña mágica. En la biblioteca del centro tuvo acceso a la obra de Dante y a los clásicos occidentales, estas lecturas empaparon su delicado espíritu. También conoció el nacimiento de las vanguardias italianas y la filosofía de Steiner, Schopenhauer y Nietzsche. Estos filósofos influyeron en su obra porque su sensibilidad ya estaba muy próxima a lo que podríamos llamar como “aristocracia del espíritu”, yo creo que la experiencia de la enfermedad cuando se vive precozmente es uno de los detonantes para la creación poética o el pensamiento filosófico. Así, la tuberculosis contraída en su adolescencia y la muerte del padre por esa misma enfermedad son el detonante decisivo para la creación de su obra poética. Una poesía de aparente sencillez y vivencias de lo cotidiano pero donde late irreductiblemente la fuerza de un destino difícil, y la sensibilidad de un alma que se sabe diferente. Esta realidad del que “nada a contracorriente” desde su conciencia “aristocrática” caracteriza y marca a fuego las líneas centrales de casi toda su obra. En 1916 Södergran, por su enfermedad, se marcha junto a su madre a un pueblecito casi aislado, en el istmo que une Rusia y Finlandia. La vida de Södergran fue fronteriza, marginal en su significado más puro, impresionista, heterogénea, dinámica, marcada por la enfermedad y la muerte tempranas. Una poeta y una obra delicada y dolorosa, impulsiva y eterna. Una poeta con la que siento una intensa conexión, porque yo soy también un ser marginal, siempre en tierra de nadie, siempre a contracorriente, siempre lejos del rebaño, siempre en abierta contradicción con el mundo que me rodea.

   Giordano Bruno afirmaba que “para el verdadero filósofo, todo terreno es patria”, así lo vivo también yo, pero al mismo tiempo si “todo es patria”, “nada es verdaderamente mío”. Es indudable entonces el esfuerzo íntimo y constante que supone vivir sin los asideros básicos,  y respirar en agudo contraste con los tópicos más extendidos. Aunque afortunadamente siempre nos queda el reconfortante refugio del fuego hogareño tras una caminata junto al mar, o la proximidad de una mano amiga. En la vida y obra de Södergran la patria era la Belleza auténtica, sin imposturas, también la sensación maravillosa de saber contemplar las cosas verdaderas de la tierra y del cielo, y ser capaz de rehacerlas interiormente  mostrándolas al mundo a su manera.

Soy forastera en esta tierra que yace / bajo las profundidades de este mar apremiante  […]

Me dijeron que nací en cautividad  /que ninguna cara aquí me sería conocida.     Edith Södergran

 

Desperté ondeando mi cabellera al viento /naciente de la mañana, y subida a un columpio

estrené mis propias alas y reté a los pájaros /… y miré de frente la luz malva de la aurora,

y me aventuré en la obscuridad más tenebrosa, / y sentí la divina libertad de los seres

que hollan sin fatiga la vastedad del mundo…                                                       Mar Bravo

No Comments

Post A Comment